Maratón horizontal: 'Dear White People', la comedia más seria de Netflix

Acolcha el cojín y estira las piernas. La serie de la quincena es una elegante sátira 'pop' contra el racismo.

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Fotograma: Netflix.

Su tráiler tiene casi cinco millones de visualizaciones, 58.000 megusta y medio millón de dislikes. Cuando Netflix lo hizo público, algunos tuiteros se propusieron boicotearla. Tras ver la sinopsis, se echaron a los retuits, trincheras del siglo XXI. Decían que promovía el racismo inverso. Aversión hacia los blancos.

Se quedó en anécdota y un par de respuestas de su creador, Justin Simien. Cuando hace tres años estrenó la película de la que nace la serie, no tuvo que enfrentarse a críticas virales. Quienes la vieron la llevaron a las puertas del cielo. Original, inteligente y fresca. El mismo adjetivo que ha adjudicado a la serie Rotten Tomatoes, uno de los portales de crítica y reseña cinematográfica más popular de Estados Unidos. Ha obtenido un 100% de opiniones positivas y le ha puesto el sello Certified fresh. Otros miembros del club son Master of None, El cuento de la criada, La la land o Manchester frente al mar.

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Sam White (Logan Browning) en el estudio de grabación del programa. Netflix.

La trama comienza a destrenzarse en una fiesta de disfraces en el campus de Winchester, una universidad (ficticia) de la Ivy League. La temática es la cultura negra. Piel incluida. Porque los organizadores son blancos. Los invitados se han enceado de marrón la cara, colgado cadenas doradas del cuello y escuchan hip-hop. De semejante guisa los encuentran los miembros de la Black Student Union cuando se cuelan en la fiesta.

 A partir de entonces, la líder de la organización, Samantha White (una magnética Logan Browning), sube el nivel de ácido de su programa de radio y el debate racial se extiende a lo largo y ancho de la universidad. Avanza, choca y retrocede. Entre los estudiantes negros hay roces de ideas y con los blancos, colisiones.

El contenido es denso, pero la forma es ligera. Justin Simien escribe sátira ágil. Los diálogos son rápidos, incisivos, inteligentes, y están veteados de referencias al mundo pop. Dear White People es una comedia seria.

Netflix despacha la serie en diez capítulos de menos de 30 minutos. Los conduce la música clásica, una gama cromática impoluta (tan apagada y empolvada como el ambiente que pretende recrear) y un narrador con lengua cítrica. Aunque la protagonista es Samantha, cada episodio los filtra los ojos de un personaje diferente. El quinto pertenece a Reggie (Marque Richardson) y está construido por la claqueta de Barry Jenkins, director de Moonlight. Incluye una fiesta (ah, ¡universitarios!), la palabra nigga y un policía. Que a una no le llegue el rímel a la barbilla solo lo explicaría haber sufrido una amputación de las glándulas lagrimales.

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Fotograma: Netflix.

Si no la dilapidas antes de una sentada, Dear White People encaja, como engrasada con mantequilla, en la media hora del almuerzo. Su ritmo la pone en pausa y el fondo activa la mente. Y recuerda que tener la mayoría (o medio millón) no siempre lleva añadida la razón.

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